En el sur del Priorat, entre pizarras moteadas, laderas de garnacha y bosques de hinojo, la finca de Mas d’en Gil lleva más de siglo y medio dialogando con el paisaje. Fundada en 1860 por el enólogo Francisco Gil y reimpulsada en 1998 por la familia Rovira Carbonell, la bodega trabaja hoy bajo la DOQ Priorat, en el término de Bellmunt del Priorat, dentro de un territorio que el propio consejo regulador define como uno de los grandes terruños históricos del vino mediterráneo (Consejo Regulador DOQ Priorat).

La nueva etapa arrancó con una declaración de intenciones: instalarse en el Priorat para “jugar la Champions League del mundo del vino”, resume Marta Rovira, enóloga y cuarta generación. La familia vio en esta comarca, casi abandonada tras la filoxera, la oportunidad de trabajar con terruños excepcionales, desde licorellas de fuerte pendiente hasta zonas calcáreas ideales para blancos, con un objetivo claro: que cada vino fuese un retrato del paisaje.
De Masia Barril a Mas d’en Gil: el perfume del monte mediterráneo
Uno de los episodios más curiosos de la historia de la finca es que, durante un tiempo, sus vinos se comercializaron bajo el nombre de Masia Barril.
Un nombre sin barricas y vinos llenos de hinojo
La paradoja es evidente: aquellos vinos no pasaban por barrica. Su perfil se construía más en el viñedo que en el tonel, con una marcada presencia aromática de hinojo y hierbas silvestres.

La explicación está en el entorno. En la parte sur del Priorat, y especialmente en la finca de Mas d’en Gil, solo alrededor de un 30 % de la superficie es viñedo. El resto son bosques y espacios naturales donde abundan el hinojo, el romero, el tomillo y la siempreviva. «Ese paisaje perfuma el entorno y, de forma natural, también los vinos», señala Marta.
Hoy, la bodega trabaja en agricultura biodinámica y ha afinado las crianzas con barrica y depósitos de cemento, pero el hilo aromático se mantiene: vinos profundamente mediterráneos, donde la fruta convive con notas de monte bajo, hierbas secas y una salinidad sutil que recuerda el origen mineral de los suelos.
La Mola: garnacha de altura entre Garbinada y Cierzo
Entre los distintos parajes de la finca, uno sobresale como corazón vitícola: La Mola. Es el viñedo situado en la parte más alta de la propiedad, perfectamente orientado a los vientos de la Garbinada y del Cierzo. Allí se encuentra la garnacha tinta más antigua de Mas d’en Gil, plantada sobre suelos de pizarra moteada y arcilla rojiza con alto contenido en hierro.

De esta garnacha fina y delicada ha nacido un viñedo de selección masal que da origen a uno de los vinos más celebrados de la casa, Maçanella. «Es una garnacha de altura, muy aireada, y las garnachas aman la aireación», explica Marta. En Mas d’en Gil, la Garbinada asciende desde el mar aportando frescor, mientras el Cierzo desciende del noroeste y seca la planta después de los calores del día.
La Mola está orientada para canalizar ambos vientos, de modo que la uva madura con una finura poco común. El resultado en copa es una garnacha elegante, precisa y muy fluida, que expresa con claridad la identidad de este paraje histórico: fruta roja jugosa, notas de hinojo y tomillo, fondo mineral y una acidez que alarga el vino sin pesarlo.
Parajes, vila y viñas clasificadas
La finca se estructura en distintos niveles de origen: vinos de vila (pueblo), vinos de paraje y vinos de viña clasificada. Entre estos últimos destacan Clos Fontà y Coma Blanca, referencias que se benefician de largas crianzas y de la capacidad del Priorat para evolucionar en botella durante décadas.

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En todos los casos, el trabajo parte de una misma idea: viticultura detallada, vendimias precisas y elaboración que prioriza la expresión del suelo por encima de la extracción o del protagonismo de la madera.
Crianza en botella y corchos para 20 años
Si hay una tradición que Mas d’en Gil mantiene a rajatabla es la crianza en botella. «Desde los inicios, la única crianza que se practicaba era precisamente la crianza en botella», recuerda Marta. Con el tiempo se han incorporado crianzas en barrica y en cemento, pero la fase que la bodega conserva con más disciplina es la del reposo en botella.
Para el vino de vila Bellmunt destinan aproximadamente un año de botella, mientras que para los vinos de paraje o de viña clasificada, como Clos Fontà o Coma Blanca, se trabajan dos o tres años adicionales. La experiencia de la casa es clara: a partir del quinto año, los Priorat entran en una «segunda fase expresiva», ganan finura, elegancia, contención y profundidad.
Corchos del Empordà y precisión en los tostados
La innovación ha llegado en detalles que el consumidor no siempre ve, pero sí percibe en el tiempo. Uno de ellos es la calidad de los corchos. Si antes se utilizaban opciones más estándar, hoy la bodega apuesta por corcho natural de alta densidad, preferentemente del Empordà, para las gamas superiores. Su misión: permitir un envejecimiento lento y seguro en vinos capaces de evolucionar entre 15 y 20 años.
En bodega, Marta ha introducido también el uso de depósitos de cemento para el vino de vila y ha ajustado los tostados de las barricas hacia perfiles más ligeros en las crianzas de gama media y alta. El resultado son vinos más frescos, menos marcados por la madera y con mayor precisión en boca.
Bellmunt Tinto, Grand Buig 2016 y el arte de elegir añadas
Para quien se acerque por primera vez a Mas d’en Gil, Marta lo tiene claro: el vino ideal de “primera compra” es Bellmunt Tinto, el vino de vila. Nacido de una garnacha tinta fresca, procedente de un viñedo elevado y orientado al noroeste, ofrece finura, aireación y un carácter especialmente amable.
Es un tinto fluido y sedoso, pensado para acompañar cualquier momento del día. La enóloga llega a imaginarlo tanto con un jamón con pan con tomate a primera hora como con unas tapas al mediodía o incluso con una lubina delicada en un buen restaurante. Complejo, fino y elegante, pero accesible y placentero, Bellmunt Tinto funciona como una bienvenida amable al Priorat.
Grand Buig 2016: una añada que podría ser la última
En el terreno de las ediciones limitadas, el nombre que hoy centra todas las miradas es Grand Buig 2016. Es un vino que solo nace en grandes añadas del Priorat, aquellas en las que la garnacha muestra su cara más elegante y el final de verano no es excesivamente caluroso, permitiendo maduraciones frescas, plenas y con buena acidez.
Pero para que Grand Buig exista no basta una gran añada de garnacha; también hace falta una gran añada de cariñena. En 2016, septiembre se comportó sin lluvias importantes, lo que permitió a la cariñena —más tardía— madurar con plenitud. Uvas procedentes de los viñedos más viejos de la finca, cercanos a los 90 años, dieron lugar a un tinto profundo, serio y longevo.
Esos viñedos cada vez producen menos, por lo que en la bodega sospechan que Grand Buig 2016 podría ser la última añada. «No digamos nunca jamás, quizás algún día se pueda repetir», matiza Marta. Pero el mensaje es claro: quien quiera una botella de este vino está ante una oportunidad difícil de repetir.
Coma Vella, cordero a la brasa y premios internacionales
Si hay un vino que funciona como emblema gastronómico de la casa, ese es Coma Vella. Nace en el Valle de la Coma: la garnacha, orientada al este; la cariñena, al oeste. De esa dualidad surge un tinto profundamente mediterráneo, con aromas de tomillo, romero y otras hierbas del entorno, entrada redonda, final largo y sedoso y un tanino amable y envolvente.
El maridaje favorito de la familia es el cordero lechal a las brasas de sarmientos de viejas cepas de garnacha y cariñena, acompañado de Coma Vella servido a unos 12 °C. «La combinación del cordero, las hierbas de campo y la expresión frutal del vino crea un diálogo precioso entre la parte animal, la vegetal y la frutal», explica Marta. Es el menú que preparan cada Nochebuena para presentar en casa la nueva añada del vino.
Maçanella y Coma Vella, del Priorat a las guías internacionales
En los últimos meses, Mas d’en Gil ha visto reforzado su prestigio con reconocimientos de alto impacto. El tinto Maçanella, nacido de la garnacha de altura de La Mola, ha recibido 96 puntos en la Guía Parker para la añada 2021 y 97 puntos para la añada 2022, consolidándose como una de las garnachas de referencia del Priorat contemporáneo.
Por su parte, Coma Vella ha obtenido una Medalla de Oro en el concurso Grenaches du Monde, una distinción que subraya la capacidad de este vino para representar, en clave internacional, el carácter de las garnachas mediterráneas de la comarca.
Personas, biodinámica y cómo llegar a una botella
Detrás del viñedo y de la bodega está Marta Rovira, que hace de puente entre campo y sala de barricas. Responsable de la viticultura desde 2008, fue quien introdujo la agricultura biodinámica en la finca, con resultados claros: vinos con más expresión, menos grado alcohólico y mayor finura.
A su lado trabaja su hermana Pilar, clave en la apertura de mercados y con una «buena nariz» para afinar coupages junto a su madre, Pilar Carbonell. El padre, fallecido recientemente, fue el gran inspirador del proyecto. «Nuestro empeño es continuar su sueño de entrar en la Champions del mundo del vino con los vinos nacidos de esta finca histórica», sostiene Marta.
Completa el núcleo técnico el enólogo Pere Margalef, vinculado a Mas d’en Gil desde 1998, originario de Falset y profundo conocedor de las garnachas y cariñenas de la zona. En torno a ellos, un equipo comprometido con un objetivo: seguir afinando cada proceso clave para hacer vinos cada vez más finos en Priorat.
Dónde encontrar los vinos de Mas d’en Gil
Quien quiera acercar hoy una botella de Mas d’en Gil a su mesa tiene distintas vías, en función de dónde se encuentre. En España, la bodega está presente en tiendas especializadas y en una selección de restaurantes donde Bellmunt, Coma Vella o Coma Blanca aparecen habitualmente en carta, además de en algunas plataformas de venta online.
En el extranjero, los vinos llegan a más de 40 países a través de distribuidores locales y de canales gastronómicos. La mejor opción depende del país, pero el hilo conductor es el mismo: encontrar vinos que nacen de una finca histórica, trabajada en biodinámica, donde la garnacha y la cariñena siguen buscando, añada tras añada, ese lugar en la “Champions” del mundo del vino al que aspiraba la familia Rovira Carbonell cuando llegó al Priorat en 1998.





