Las postales del Priorat muestran viñedos imposibles, montañas abruptas y botellas convertidas en iconos del vino español. Detrás de esa imagen brillante, Sara Pérez, enóloga y viticultora al frente de Mas Martinet, lleva décadas observando cómo la realidad del territorio es mucho más compleja de lo que aparenta.
Mientras la comarca presume de ser una de las pocas denominaciones calificadas del país, avalada por el Consejo Regulador de la DOQ Priorat, la hija de una familia que apostó por esta tierra cuando casi nadie miraba hacia ella sostiene un discurso incómodo. Su trayectoria ayuda a entender qué se esconde tras el éxito internacional de estos vinos y por qué no todos los que llegaron atraídos por la fama lograron quedarse.
Para Sara Pérez, el Priorat nunca ha sido una máquina perfecta de generar riqueza. Lejos de esa imagen de comarca milagrosa, explica que cada botella nace de pendientes extremas, suelos pobres y jornadas de trabajo que no aparecen en las etiquetas. El territorio no es una gallina de los huevos de oro, sino un paisaje duro donde solo quienes aceptan esa exigencia han conseguido permanecer.
De tierra olvidada a referente mundial del vino
Cartujos, despoblación y nacimiento de una denominación exigente
La historia vitivinícola del Priorat arranca muchos siglos antes de que aparecieran nombres como Mas Martinet o Venus. Los monjes cartujos que se instalaron en Scala Dei en la Edad Media trajeron consigo técnicas de cultivo y vinificación que arraigaron en estos suelos pizarrosos. Durante generaciones, el vino fue una de las pocas constantes en una comarca marcada por la dureza del relieve y la pobreza de los recursos.
Tras la filoxera y las crisis del siglo veinte, la zona quedó muy tocada. La despoblación y la falta de oportunidades empujaron a muchas familias a abandonar las viñas. El reconocimiento oficial como denominación de origen en los años cincuenta y su posterior calificación supusieron un punto de inflexión, pero no resolvieron de inmediato los problemas estructurales del territorio. La viticultura seguía siendo heroica, con rendimientos bajos y costes elevados.
El salto cualitativo llegó cuando un pequeño grupo de bodegas apostó de forma decidida por vinos de finca capaces de expresar con precisión el origen. La combinación de parcelas muy viejas, variedades tradicionales como garnacha y cariñena y una nueva generación de enólogos atrajo la atención internacional. El Priorat pasó de ser una zona marginal a convertirse en un laboratorio de calidad para el vino español.
Un paisaje tan espectacular como hostil
Quien recorre las laderas del Priorat entiende enseguida por qué sus vinos tienen tanta personalidad. La llicorella, esa pizarra quebradiza y brillante, domina un relieve abrupto donde muchas viñas se agarran a pendientes que superan con facilidad el cuarenta por ciento. Aquí casi nada es mecánico. La mayor parte de las tareas se realiza a mano, fila a fila, cepa a cepa.
Esa combinación de suelo pobre, escasez de agua y grandes oscilaciones térmicas da lugar a uvas de piel gruesa, rendimientos reducidos y una concentración natural que explica la intensidad de los vinos. Pero el mismo cóctel que enamora a catadores y coleccionistas obliga a los viticultores a convivir con una realidad poco romántica: mucho trabajo para muy poca cantidad de uva.
Sara Pérez y la revolución discreta de Mas Martinet
Nacida en Ginebra en 1972, hija de padres exiliados por el franquismo, Sara Pérez creció entre mudanzas y cambios de país antes de regresar definitivamente a Catalunya tras la muerte de la dictadura. Estudió biología y filosofía, y más adelante se acercó a la enología y la viticultura, aunque confiesa que pronto dejó las aulas para aprender en el terreno.
Participó en los inicios de proyectos clave como Cims de Porrera o Celler Vall Llach, experiencia que le permitió entender la dimensión humana y social de la revolución del Priorat. En 1996 se implicó de lleno en el proyecto familiar de Mas Martinet, y pocos años después impulsó su bodega personal en Montsant, Venus, junto al también enólogo René Barbier hijo.

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Una escuela, una bodega y un experimento a cielo abierto
El vínculo de la familia Pérez con el Priorat no se limita a una sola bodega. A principios de los años ochenta, sus padres, junto con otros profesionales, promovieron en Falset una escuela de viticultura y enología que fue pionera en el país. Mas Martinet sirvió como campo de pruebas para los alumnos, un viñedo real en el que experimentar con técnicas de cultivo y vinificación adaptadas a un entorno extremo.
De ese cruce entre formación y práctica nació una manera muy particular de entender el vino. El objetivo no era solo embotellar calidad, sino aprender a leer cada parcela, respetar el paisaje y asumir que el territorio manda. Esa filosofía se ha mantenido con el paso de las décadas y hoy sigue siendo la columna vertebral del proyecto.
Cómo trabaja hoy Mas Martinet
En la actualidad, Mas Martinet es un proyecto familiar con unas veinte hectáreas de viñedo repartidas en varios parajes y múltiples parcelas pequeñas, combinadas con olivos. La bodega apuesta por la agroecología y por un manejo respetuoso del suelo, buscando vitalidad en las plantas y equilibrio en las producciones.
Las uvas se transforman en un número reducido de vinos que se elaboran en recipientes pensados para preservar la identidad del lugar. Hormigón, ánforas de cerámica, damajuanas de vidrio y tinos de madera se combinan para modular temperatura, textura y tiempo. El objetivo es que cada vino explique un matiz distinto del Priorat, desde las zonas más frescas hasta las más cálidas y severas.
El mito de la riqueza fácil frente a la realidad de la viña
Tras la explosión mediática de los años noventa, muchos inversores vieron en el Priorat una oportunidad rápida. Se hablaba de precios altos, puntuaciones internacionales y lista de espera para algunas botellas. Desde fuera, el relato sonaba sencillo. Para quienes vivían y trabajaban allí, la historia era otra.
Sara Pérez recuerda bien aquella época. Explica que se generó la sensación de que bastaba con plantar viña y embotellar para que todo saliera bien. Sin embargo, la combinación de orografía extrema, costes de mano de obra elevados y rendimientos muy bajos dejó fuera de juego a quienes pensaron que hacer vino aquí sería coser y cantar. Muchos llegaron atraídos por la fama y se fueron discretamente cuando comprobaron la dureza del día a día.
Para la enóloga, el Priorat no es una gallina de los huevos de oro, sino un compromiso a largo plazo con una tierra exigente. La rentabilidad solo llega cuando hay paciencia, conocimiento y una relación honesta con el territorio. Cada añada puede devolver grandes emociones, pero también frustración y pérdidas si el clima no acompaña.
Viticultura extrema en un clima cada vez más severo
Si el Priorat ya era un lugar complicado para la viticultura, el cambio climático ha tensionado todavía más el modelo. Las sequías prolongadas, las olas de calor y la mayor irregularidad de las lluvias reducen las producciones y aceleran las maduraciones. Los ciclos de la vid se acortan, las vendimias se adelantan y pequeños errores de manejo tienen consecuencias mayores que hace unas décadas.
En este contexto, la viña exige aún más presencia y observación. Sara Pérez explica que la clave pasa por adaptar las prácticas a un entorno en transformación constante. No se trata solo de resistir, sino de encontrar nuevas maneras de preservar frescor, equilibrio y capacidad de guarda en los vinos sin traicionar la identidad del Priorat.
Las estrategias de Sara Pérez frente a la sequía y el calor
El trabajo de adaptación se concreta en decisiones muy prácticas. En los viñedos, se recurre a cubiertas vegetales o al uso de paja para proteger el suelo de la radiación directa y evitar que la pizarra alcance temperaturas extremas. También se maneja la vegetación de las plantas para que los racimos queden parcialmente sombreados y sufran menos estrés.
En bodega, adelantarse a la fecha de vendimia es una herramienta clave para conservar acidez natural y moderar el grado alcohólico. El uso del raspón en determinadas vinificaciones ayuda a aportar tensión y frescura. Los recipientes fríos, como el hormigón, las ánforas o el vidrio, permiten fermentar y criar los vinos sin sumar calor extra a un contexto ya de por sí cálido.
Este conjunto de decisiones forma un sistema completo más que una lista aislada de trucos. Cada parcela se observa de manera específica, y la bodega ajusta año a año el porcentaje de raspón, el tipo de recipiente y los tiempos de crianza para responder a lo que la añada propone.
| Estrategia | Objetivo principal |
|---|---|
| Cubiertas vegetales o paja | Reducir temperatura del suelo y conservar humedad |
| Manejo de la vegetación | Proteger racimos del sol directo y del estrés hídrico |
| Vendimia más temprana | Conservar frescor, acidez y moderar el grado alcohólico |
| Uso de raspón | Aportar tensión, estructura y sensación de frescura |
| Recipientes fríos de elaboración | Controlar fermentación y preservar la expresión del lugar |
El Priorat de hoy y de mañana
Dos décadas después de la gran irrupción del Priorat en el mapa mundial del vino, la zona vive un momento de madurez. Junto a los tintos potentes que dieron fama a la comarca, ganan peso los vinos de corte más fresco, las elaboraciones con menos intervención y, especialmente, los blancos y rosados. Sara Pérez coincide con otros productores en que estos estilos serán cada vez más relevantes en el futuro de la denominación.
La clasificación interna de los vinos por parajes, viñas y pueblos anima además a profundizar en el concepto de origen. El Priorat ya no se entiende como una única voz, sino como un mosaico de paisajes líquidos que hablan de altitud, exposición, edad de las cepas y forma de trabajar la viña. Esto abre espacio a proyectos pequeños, muchos de ellos liderados por jóvenes que buscan su propio lenguaje.
Aun así, la enóloga advierte de que faltan más iniciativas de nueva generación en la comarca. La inversión necesaria, la dureza del trabajo y la incertidumbre climática complican el relevo. Por eso valora especialmente proyectos recientes que conectan tradición y mirada contemporánea, y que ayudan a imaginar cómo será el Priorat dentro de diez o quince años.
Dónde se ama el Priorat y por dónde empezar a descubrirlo
Fuera de España, los vinos del Priorat gozan de una fidelidad notable en mercados como Estados Unidos, Alemania o Suiza, que apostaron por la comarca desde los años noventa. Son países acostumbrados a pagar por la expresión de origen y a seguir de cerca pequeñas producciones con fuerte personalidad.
Para quien quiera iniciarse en el Priorat, Sara Pérez propone una aproximación que combine memoria y presente. Empezar con algunas etiquetas clásicas ayuda a entender el espíritu fundacional de la zona; sumar después vinos de productores más recientes y estilos distintos permite captar su evolución.
Entre los tintos que representan la vertiente histórica, la enóloga menciona referencias como Cartoixa de Escaladei, Martinet Bru o Cims de Porrera. Para explorar visiones más recientes, sugiere vinos como Planetes de Nin o Terra de Cuques, que muestran otra forma de interpretar la pizarra y el paisaje. En el campo de los blancos y brisats, nombres como Nelin de Clos Mogador o Equànim añaden matices de textura, amplitud y salinidad.
El mensaje de fondo es claro. El Priorat no es un decorado perfecto ni un camino rápido hacia el éxito. Es una comarca pequeña, de producción limitada, que ha construido su prestigio a base de riesgo, aprendizaje y mucho trabajo físico. La voz de Sara Pérez, forjada entre viñas, aulas y bodega, recuerda que detrás de cada vaso de vino hay una historia de esfuerzo que conviene no olvidar cuando se descorcha una botella.





