Su voz forma parte de las mañanas de millones de oyentes, pero su biografía arranca lejos de los estudios de radio. Carlos Herrera nació en 1957 en Cuevas del Almanzora, un municipio del Levante almeriense marcado por la minería de plata, las viviendas excavadas en la roca y un litoral poco transitado.
Conviene repasar qué ofrece el pueblo, porque su atractivo va bastante más allá de la anécdota biográfica. Y buena parte de él, como se verá, está bajo tierra.
Carlos Herrera y Cuevas del Almanzora: una relación que no se rompió
El periodista pasó su infancia en Cataluña y su carrera lo ha llevado por media España. Aun así, el vínculo con su localidad natal se ha mantenido, y el municipio le ha correspondido dedicándole una avenida con su nombre.
El pueblo se sitúa entre Almería y Murcia, en una franja donde el paisaje desértico se encuentra con el Mediterráneo en pocos kilómetros. Su baza no es la animación, sino el espacio y la tranquilidad que escasean en destinos más saturados.
La herencia de la plata
La explotación minera del siglo XIX trajo dinero y, con él, arquitectura. El resultado es un casco urbano de contrastes en el que una vivienda troglodita y un palacete burgués pueden estar separados por apenas un par de manzanas.
El edificio de referencia es el Castillo del Marqués de los Vélez, que domina el perfil del pueblo. A su alrededor se reparte el resto del patrimonio, con el Palacete de Don Torcuato Soler y la Casa del Poeta Sotomayor entre las paradas que merecen tiempo.
Vivir dentro de la montaña
Las casas-cueva son el rasgo más singular de Cuevas del Almanzora. No se trata solo de piezas de museo: muchas siguen habitadas y conservan una temperatura estable durante todo el año, la razón práctica que explica su origen en un territorio tan árido.
Para entender cómo funcionaban, la visita recomendada es la Cueva Museo. Es el modo más directo de comprender cómo se adaptó la vida doméstica a un paisaje extremo (y de paso, de agradecer el fresco en pleno verano).
Dato práctico: el pasado minero y el troglodita conviven en pocas calles. Un paseo a pie por el centro basta para pasar de una cueva a un palacete del XIX sin necesidad de coche.
Diecisiete kilómetros de litoral
El término municipal suma 17 kilómetros de costa. En un extremo están las playas familiares de Palomares; en el otro, las calas casi vírgenes de Villaricos, de agua muy transparente y con espacio de sobra para quien huye de las sombrillas en fila.
Te puede interesar · EscapadasQué ver en Salobreña: el pueblo blanco suspendido sobre el mar que esconde el secreto del mejor clima de EuropaExiste un rincón en la Costa Tropical de Granada donde el tiempo parece haberse rendido ante la belleza del Mediterráneo. Salobreña no…Leer el artículo Villaricos guarda además una sorpresa arqueológica: su necrópolis fenicia, considerada uno de los conjuntos funerarios más relevantes de la península. Una visita obligada para quien combina playa e historia.
La diferencia entre ambos extremos define el tipo de viaje. Palomares encaja con familias que buscan servicios y comodidad; Villaricos, con quienes prefieren caminar un poco más a cambio de calma y de un agua que parece retocada con filtro.
Para los perfiles más activos, el municipio cuenta con el Lunar Cable Park, una instalación de esquí acuático por cable de las más destacadas de España, rodeada de un paisaje casi marciano.
Una escapada con varias capas
Cuevas del Almanzora reúne patrimonio, arqueología y costa tranquila en un mismo destino, algo poco habitual. No sorprende que el comunicador presuma de sus raíces cada vez que tiene ocasión.
Y el plan admite ampliación: la conocida Geoda de Pulpí se encuentra muy cerca. ¿Quién organiza la ruta?







