Hay proyectos que nacen en una hoja de cálculo y otros que empiezan mucho antes, casi en silencio, como una idea que tarda años en encontrar su momento. Cerveses Artesanes Conill pertenece a esa segunda categoría. Su origen no está en una estrategia fría de negocio, sino en una fascinación antigua, una inquietud personal y una convicción que fue tomando forma a base de pruebas, errores, botellas compartidas y mucha observación. En el centro de todo está Fredi Conill, impulsor de una cervecera artesanal que ha hecho de la identidad, la proximidad y la artesanía su razón de ser.

La historia, en realidad, comenzó bastante antes de que existiera la marca. Como él mismo explica, Desde siempre me ha fascinado la cerveza y su infinidad de estilos. Esa curiosidad fue creciendo con los años hasta convertirse en una idea persistente: la posibilidad de elaborar su propia cerveza en casa. Sin embargo, el paso decisivo no llegó hasta 2020, durante el confinamiento provocado por la pandemia. Fue entonces cuando se materializó la primera elaboración como homebrewer, el inicio real de un camino que hoy ya forma parte del mapa de la cerveza artesanal catalana.
De un kit doméstico a una vocación real
Como ocurre en muchas historias del universo craft, el punto de partida fue modesto. Fredi empezó con uno de esos kits que prometen, casi por juego, hacer sentir a cualquiera un maestro cervecero por un día. Lo recuerda con ironía y con lucidez. Empecé con un kit de cerveza de esos que te permiten, por una vez, creerte que eres un auténtico maestro cervecero. Nada más lejos de la realidad, dice.
Pero aquel primer intento funcionó. El resultado fue lo bastante satisfactorio como para disparar el entusiasmo y, con él, el deseo de ir más allá. Después llegaron las recetas propias, la elección libre de maltas, lúpulos y levaduras, y una realidad mucho más compleja de lo que parecía a simple vista. Porque si algo enseña pronto la cerveza artesanal es que detrás de cada estilo hay una arquitectura precisa y un equilibrio nada improvisado.
Fredi lo describe como una entrada en la jungla de las materias primas. Lo que al principio parecía sencillo se convirtió enseguida en un reto técnico y creativo: construir una receta propia, ajustar proporciones, repetir lotes y acercarse poco a poco a la idea inicial. Ahí, sostiene, empezó realmente todo. Y también ahí encontró una de las partes más gratificantes del proceso.

El I+D eran los vecinos, los amigos y el repartidor
Uno de los rasgos más valiosos del relato de Fredi Conill es su manera de contar la etapa doméstica no como una fase menor, sino como un verdadero laboratorio de aprendizaje. En esos primeros años, la elaboración convivía con la vida cotidiana, invadía la cocina y generaba un flujo constante de botellas que acababan en manos de familiares, vecinos, amigos o compañeros de trabajo.
Hay una anécdota que resume perfectamente aquel momento. Su mujer, Laura, cansada quizá de convivir entre sacos de malta, cajas y utensilios, le hizo una observación tan doméstica como certera: Fredi, en casa entran sacos de malta, cajas de botellas, me lías la cocina patas arriba y tú luego regalando siempre las botellas a todo el mundo. La respuesta de él fue inmediata y define muy bien el espíritu del proyecto: Laura, todo esto tiene un sentido; todos ellos son mi departamento de I+D, ya que necesito de sus opiniones para avanzar.
La frase, además de simpática, contiene una idea importante. Fredi entendió desde el principio que el criterio propio no era suficiente. Que para saber si una cerveza avanza en la dirección correcta hacen falta otras percepciones, incluso mejor si son ajenas, menos condicionadas, más espontáneas. Por eso llegó a regalar botellas al repartidor que traía un paquete o a la vecina que aparcaba al lado, con un único objetivo: escuchar impresiones honestas y seguir afinando.

De homebrewer a cervecero nómada
Dos años después de aquella primera elaboración con kit, el proyecto ya había dado un salto significativo. Fredi había conseguido evolucionar dos recetas con personalidad propia: una smoked weissbier y una irish stout. A esas alturas empezaba a haber gente interesada en lo que hacía, personas que querían probar esas cervezas y que, viendo su entusiasmo, lo animaban a dar el paso hacia una marca comercial.
Durante un tiempo se resistió. Tenía claro que seguiría como homebrewer, lejos de complicaciones y quebraderos de cabeza. Pero la idea fue ganando fuerza hasta que apareció la pregunta inevitable: Por qué no. La posibilidad de compartir ese trabajo con personas que valoraban un producto natural y de calidad terminó imponiéndose.

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La solución para empezar sin asumir una inversión inasumible fue optar por el modelo de cervecera nómada. Es decir, elaborar sin fábrica propia, utilizando las instalaciones de una estructura profesional ya existente y amparándose en su registro sanitario. A finales de 2022, junto a su hermano Vicenç, que se sumó al proyecto, comenzó la búsqueda del obrador adecuado. La elección fue Malta 51, en Rubí, una decisión que Fredi asocia tanto a la meticulosidad de su maestro cervecero, Albert García, como a una manera de trabajar basada en procesos tradicionales y naturales.
El proyecto, aunque venía gestándose desde antes, echó a andar formalmente en enero de 2023, con la primera elaboración bajo registro sanitario: 250 litros de Pedra Orenetes, la cerveza pionera de la casa.
La libertad y las dificultades de ser nómada
Fredi Conill explica con claridad lo que significa hoy ser una cervecera nómada. En esencia, se trata de no tener una fábrica propia y de producir en instalaciones ajenas, algo que permite entrar en el mercado sin asumir desde el primer día los enormes costes de infraestructura. Es una fórmula cada vez más conocida en España, aunque no siempre comprendida desde fuera del sector.

El modelo, defiende, democratiza el acceso a la cerveza artesanal y permite que surjan proyectos nuevos centrados en la innovación antes que en la infraestructura. Pero también tiene sus sombras. No todas las cerveceras están dispuestas a ceder sus espacios, y algunos sectores más puristas siguen mirando con recelo esta fórmula, como si restara autenticidad a la marca.
Para Fredi, sin embargo, la clave está en otra parte: en mantener intacta la filosofía de producto. Y eso exige una implicación total. Ahora mismo soy como la carta del joker en la baraja, estoy en todas partes y hago de todo, resume. Menos la elaboración física en fábrica, se encarga prácticamente de todo lo demás: desarrollo de recetas, diseño de etiquetas, gestión de pedidos, redes sociales, entregas, ferias, facturación y trámites legales.
No hay horarios fijos ni compartimentos claros. Un día puede empezar preparando pedidos y acabar entrada la noche respondiendo correos o cargando la furgoneta para una entrega. Es agotador, pero también es lo que hace que cada botella lleve nuestro sello personal, dice. En esa frase se resume bien la tensión que atraviesa a tantas microcerveceras: la dureza estructural del modelo y, al mismo tiempo, la satisfacción de controlar cada detalle.
Cervezas llenas de sentido
Si hay una idea que atraviesa todo el discurso de Fredi Conill es la de que la cerveza no puede reducirse a un producto más. Para él, cada receta debe responder a una intención, transmitir algo y conectar con un territorio, una emoción o una historia. Ahí se sitúa la esencia creativa de la marca.

Lo expresa de una forma muy precisa: En el corazón de nuestro proyecto hay una filosofía muy clara, celebramos la artesanía como una forma de expresión humana. Y la máxima que resume todo el proyecto no deja lugar a dudas: Hacemos cervezas artesanas, hacemos cervezas llenas de sentido.
La frase funciona como declaración de principios. En Cerveses Artesanes Conill, cada cerveza nace de una combinación entre estilo, sensaciones, nombre, imagen y contexto. No se trata solo de buscar un perfil aromático atractivo, sino de construir una narrativa completa. Las recetas se impregnan de referencias al territorio, al paisaje y a las tradiciones locales, y cada etiqueta acompaña esa intención con un componente visual igualmente pensado.
En un mercado cada vez más saturado de referencias, Fredi reivindica el factor humano como la gran garantía de autenticidad. Su apuesta pasa por ingredientes naturales, lotes reducidos, proximidad y sostenibilidad. No busca elaborar cerveza para el consumo masivo, sino para que cada sorbo tenga una razón de ser.

Pedra Orenetes, el buque insignia
Actualmente, la casa trabaja con tres cervezas muy diferentes entre sí: una smoked weissbier, una irish stout y una session IPA. Pero si hay una que condensa mejor el espíritu del proyecto, esa es Pedra Orenetes, la primera cerveza de la marca y, en palabras de su creador, su buque insignia.
Es la cerveza con la que arrancamos todo el proyecto, nuestro buque insignia y, en cierto modo, la que mejor representa quiénes somos, explica Fredi. No es una afirmación menor. Pedra Orenetes ha terminado convirtiéndose en la botella que mejor traduce la personalidad de Conill: una cerveza singular, accesible y con identidad.
Además, ya ha dado una alegría importante a la cervecera. En marzo de 2025 logró la medalla de plata en el Concours International de Lyon, un reconocimiento especialmente valioso para una estructura pequeña y artesanal. Fredi lo recuerda como un premio muy especial, más aún teniendo en cuenta que fueron una de las cinco cerveceras españolas que lograron subir al podio en aquella edición.
En vaso, Pedra Orenetes aparece con un color ámbar dorado muy turbio, típico de las weiss de trigo. En nariz y en boca combina una ligera acidez, notas de plátano características de la levadura y un ahumado que recuerda al bacon. Tiene cuerpo medio, amargor muy bajo y una graduación moderada que la hace muy fácil de beber. Él la define como una cerveza comodín o todo terreno, perfecta tanto para un aperitivo con queso seco o ahumado como para una barbacoa o una hamburguesa de ternera Angus con cheddar y cebolla caramelizada.
Calanans y el placer de desmontar prejuicios
Aunque Pedra Orenetes represente la identidad del proyecto, Fredi reconoce que su favorita personal es otra. Como amante declarado de las cervezas negras, siempre se inclina por Calanans, su irish stout. Y lo interesante de esta referencia es que, según cuenta, tiene una capacidad especial para desmontar prejuicios.

Hay mucha gente que al principio dice no, las negras no me van, y cuando prueban Calanans cambian de opinión radicalmente, asegura. El motivo está en el equilibrio. La cerveza ofrece notas tostadas intensas, recuerdos a café torrefacto, pan tostado y cacao puro, pero con un paso por boca suave, sedoso y ligero, lejos de la densidad excesiva que muchos asocian automáticamente a las stout. Esta cerveza, ha sido medalla de plata en Lyon en los últimos días.
En copa luce negra, intensa, con una espuma cremosa, persistente y tostada. Para Fredi, su gran virtud es precisamente esa: parecer más contundente de lo que realmente resulta al beberla. Una cerveza de perfil clásico, pero muy accesible, capaz de conquistar incluso a quien cree que no le gustan las negras.
El detalle como garantía de calidad
En una estructura pequeña, el control de calidad no se vive como una obligación añadida, sino como una de las grandes fortalezas del modelo. Fredi lo tiene claro: trabajar con lotes reducidos permite estar encima de cada fase del proceso y ajustar cualquier parámetro con rapidez y precisión.
Para él, la base de todo está en la limpieza y la sanitización. No hay atajos posibles, viene a decir cuando habla de la necesidad de limpiar y desinfectar rigurosamente antes y después de cada elaboración. Un fallo ahí puede arruinar un lote entero.
El otro gran pilar es el agua, ingrediente principal de la cerveza. Controlan el pH, ajustan el perfil mineral según la receta y registran minuciosamente temperaturas, densidades, tiempos y cantidades en hojas de elaboración que funcionan como un diario técnico de cada lote. A eso se suman muestras guardadas en condiciones controladas para realizar catas sensoriales periódicas y comprobar la evolución del producto.
En el fondo, lo que describe Fredi es una manera de trabajar basada en la observación constante, la trazabilidad y la reacción rápida. El tamaño pequeño, lejos de ser una limitación en este punto, se convierte en ventaja.

Ingredientes con origen y vínculo con el territorio
El origen de los ingredientes ocupa un lugar central en la filosofía de Cerveses Artesanes Conill. Fredi no habla solo de calidad técnica, sino también de identidad y coherencia. Trabajar con buenas materias primas permite construir cervezas con personalidad reconocible, algo esencial en un mercado muy competido.
Actualmente utilizan maltas premium de origen alemán por su constancia y fiabilidad, pero la mirada está también puesta en el entorno más cercano. Fredi menciona con entusiasmo el proyecto de La Arbequina, en Lleida, una maltería artesanal nacida de la cooperativa del mismo nombre y llamada a tener un papel importante en el sector craft estatal. De hecho, señala que su último lote de Tecla, una session IPA, ya incorpora malta pale ale de esta maltería de proximidad.
Con el lúpulo ocurre algo parecido. Siempre que el estilo lo permite, intentan trabajar con producto cercano, como el de Biolupulus, en Crespià, aunque en algunas recetas recurren a variedades de origen imprescindibles para respetar el estilo, como el East Kent Golding inglés de su irish stout.
Más allá del componente técnico, esta elección responde a una visión clara: apostar por trazabilidad, reducir huella de carbono y fortalecer el vínculo con el territorio. En su caso, la proximidad no es una etiqueta de moda, sino una herramienta real para construir autenticidad.
Tres años de crecimiento lento, pero firme
La acogida del público en estos tres años ha sido, según Fredi, exigente pero también muy gratificante. Como sucede en casi todas las microcerveceras pequeñas, el mayor reto inicial ha sido ganarse la confianza de tiendas y locales de hostelería que, por prudencia o inercia, suelen mostrarse reacios a incorporar marcas nuevas y poco conocidas.
Sin grandes presupuestos de marketing, la estrategia ha consistido en construir reputación desde abajo: calidad constante, seriedad en el trato y autenticidad en cada lote. Fredi recurre a una imagen muy gráfica para explicarlo: compara el crecimiento del proyecto con esos viejos camiones diésel, lentos al arrancar, duros de dirigir al principio, pero firmes una vez cogen ritmo.
Ese avance pausado ha empezado a traducirse en clientes recurrentes, recomendaciones y una presencia más sólida en el circuito craft local y regional. Y aunque durante la entrevista se muestra prudente al hablar de algunos pasos futuros, deja entrever que hay movimientos importantes en marcha.
Resistir en el sector artesanal español
Cuando se le pregunta por los retos de una pequeña cervecera artesanal en España, Fredi responde sin rodeos: el primero es resistir. El sector ha avanzado muchísimo en dos décadas, pero también ha vivido cierres, concentración y una presión creciente sobre los pequeños proyectos, especialmente desde la pandemia.

Como cervecero nómada, a esas dificultades generales se añaden otras específicas: dependencia de instalaciones ajenas, variabilidad de costes, encarecimiento de materias primas y energía, saturación del canal horeca y un mercado todavía poco maduro en términos de cultura cervecera. A eso se suma la necesidad permanente de explicar por qué una cerveza artesanal cuesta más y qué la diferencia realmente de una industrial.
Fredi subraya también el cambio de tendencia hacia cervezas de menor graduación o sin alcohol, un movimiento al que hay que adaptarse sin perder identidad. Y, por encima de todo, insiste en la importancia de las ferias, no solo para vender, sino para conectar, educar y transmitir valores. En su caso, la pedagogía sigue siendo una parte fundamental del oficio.
Un futuro con TapRoom y nuevas grape ale
Mirando hacia adelante, el gran sueño de Cerveses Artesanes Conill es dejar de ser una cervecera nómada y contar con fábrica propia. Fredi imagina un espacio con TapRoom, un lugar donde la gente pueda conocer el proyecto de cerca, probar cervezas recién salidas de tanque y entender mejor el universo que hay detrás de cada elaboración.
El camino, admite, requiere inversión, tiempo y energía. Por eso no se atreve a dar fechas. Pero también deja claro que están dando pasos, buscando ubicaciones y hablando con posibles socios e inversores. La ambición está ahí, sostenida por una idea muy clara de futuro.
En el corto plazo, lo más avanzado son nuevas recetas, entre ellas varias grape ale que le hacen especial ilusión. Para elaborarlas utilizan mosto natural de uva de dos variedades autóctonas de Capmany, en el Alt Empordà, procedente de la pequeña bodega familiar Celler Marià Pagès. La propuesta une dos mundos que le interesan especialmente: la cerveza artesana y el vino del Empordà.
Describe estas cervezas como brillantes, de burbuja fina, frescas, con acidez equilibrada y una mezcla muy sugerente entre notas cerveceras y matices vínicos, como fruta blanca, piel de uva y un punto floral. Una apuesta híbrida, ligada al territorio y pensada para seguir explorando sin perder el hilo conductor del proyecto.
Porque si algo deja claro Fredi Conill es que el futuro de su cervecera no pasa por crecer a cualquier precio, sino por hacerlo con los pies en la tierra, pero sin dejar de soñar en grande. Y esa combinación de ambición, paciencia y sentido probablemente explique mejor que nada lo que hoy representa Cerveses Artesanes Conill: una cerveza que no solo quiere beberse, sino también contarse.







