En lo alto de un cerro de La Rioja Alta, un pequeño pueblo amurallado vigila los meandros del Ebro. Su silueta de murallas, iglesia y torre del reloj aparece a menudo en las guías de viaje, pero casi nunca se menciona el enigma que se esconde bajo esas piedras: una estructura enterrada durante siglos y estrechamente ligada a la historia del vino en la región, descrita en la información patrimonial publicada en el portal oficial de turismo de La Rioja.
Quien sube hoy a este recinto amurallado cree visitar solo un mirador sobre viñedos infinitos. Las pasarelas permiten ver las capas de la muralla, las ruinas de antiguas viviendas apoyadas en el lienzo defensivo y los restos de un castillo que fue frontera entre reinos. Lo que la mayoría no imagina es que, entre esos muros derruidos, la arqueología ha sacado a la luz un espacio tallado en la roca que cambia la forma de entender cómo se hacía el vino aquí hace más de ocho siglos.
El pueblo tiene nombre y apellidos: San Vicente de la Sonsierra, en la margen izquierda del Ebro, rodeado de viñedos y a unos 12 kilómetros de Haro, según los datos municipales de accesos. Bajo su castillo-fortaleza, las excavaciones realizadas en 2016 y 2017 sacaron a la luz un calado con bodega excavada en la roca y un lagar rupestre sellado por sedimentos fechados entre los siglos XII y XIII, un hallazgo excepcional porque conservaba intacta la huella de la elaboración del vino en plena Edad Media.
San Vicente de la Sonsierra, balcón fortificado sobre el Ebro
San Vicente de la Sonsierra se asienta a los pies de una colina coronada por un complejo defensivo medieval. El castillo, levantado en el siglo XII por el reino de Navarra, vigilaba la frontera sur con Castilla y controlaba el paso del Ebro junto con otras fortalezas como la de Davalillo. La elección del emplazamiento no era casual: desde sus 528 metros de altitud se domina un amplio tramo del valle, hoy cubierto de viña.
Una fortaleza entre Navarra y Castilla
La fortaleza de San Vicente responde al modelo de castillo roquero con clara función defensiva. Su planta semicircular se adapta al cerro y se estructura en tres recintos escalonados: el albacar, donde se ubicaron las primeras viviendas; un segundo recinto que acogió la iglesia parroquial y la ermita; y, en la cumbre, el castillo propiamente dicho, con la torre del homenaje y la torre del reloj. Durante la Edad Media fue una de las mayores fortalezas navarras a orillas del Ebro y pieza clave en la línea defensiva entre Laguardia y Labastida.

Con la incorporación definitiva de Navarra a la Corona de Castilla en el siglo XVI, el castillo perdió relevancia militar. Aun así, volvió a usarse como posición estratégica durante las Guerras Carlistas del siglo XIX, cuando se reforzaron algunos baluartes para instalar artillería. Acabado el conflicto, parte de sus muros se derrumbaron o sirvieron de cantera para nuevas construcciones, acelerando la degradación del conjunto.
De bastión militar a mirador enoturístico
El giro llegó en el siglo XX, cuando comenzaron las primeras iniciativas para consolidar las murallas y recuperar el recinto amurallado. A partir de 2008 se iniciaron campañas arqueológicas y obras de restauración en la muralla inferior y en la Torre Mayor; en 2014 se instaló una pasarela metálica que permite recorrer el frente amurallado y contemplar la cara exterior de los lienzos, devolviendo la escala original de la fortaleza.
Hoy, el acceso al castillo es libre y autoguiado. Paneles y códigos QR explican las fases constructivas, las viviendas apoyadas en la muralla y los usos que tuvo el recinto, desde asentamiento fortificado hasta cementerio en el siglo XIX. El resultado es un mirador privilegiado sobre el Ebro y los viñedos, pero también un auténtico laboratorio al aire libre para entender cómo se vivía entre estos muros.
El lagar rupestre escondido en la muralla
Entre las sorpresas que han revelado las excavaciones destaca el lagar rupestre oculto bajo las antiguas casas adosadas a la muralla. En la zona conocida como calle de la Fortaleza, los trabajos de 2016-2017 sacaron a la luz un calado subterráneo con bodega excavada en la roca y un lagar tallado en la piedra, muy similar a los que se encuentran en campo abierto por toda la Sonsierra. La diferencia es que aquí apareció sellado por sedimentos que se remontan a los siglos XII y XIII, lo que aporta una cronología precisa y excepcional.
Los arqueólogos interpretan este espacio como una instalación doméstica de vinificación: la uva se pisaría en la cuba excavada en la roca, el mosto discurriría por un pequeño canal y se recogería en otra cavidad inferior antes de trasladarlo a las cubas de la bodega. Que todo este sistema estuviera oculto bajo escombros medievales ha permitido conservarlo con muy pocas alteraciones, convirtiéndolo en una pieza clave para reconstruir la economía del vino en la villa en sus primeros siglos de historia.
Qué es un lagar rupestre
Los lagares rupestres son estructuras excavadas directamente en la roca, generalmente junto a los viñedos. Constan de una pila principal donde se pisa o prensa la uva, un canal de desagüe tallado en la piedra y una segunda cavidad donde se recoge el mosto. Su capacidad suele ser pequeña, porque estaban pensados para cubrir la producción familiar o de pequeñas explotaciones.
La comarca de la Sonsierra, que incluye municipios como San Vicente, Ábalos y Labastida, concentra uno de los mayores conjuntos de lagares rupestres de la Denominación de Origen Rioja. Se calcula que en la zona existen cerca de 200 estructuras de este tipo, más de 60 de ellas en el término de San Vicente de la Sonsierra. Muchos se vinculan a necrópolis medievales o a antiguos parajes agrícolas, lo que apunta a una larga continuidad en el uso vitivinícola del territorio.
Un caso único bajo las casas del castillo
Lo que hace especial al lagar del castillo de San Vicente es precisamente su ubicación. No se encuentra aislado en una roca entre viñas, sino integrado en un calado urbano, bajo las viviendas que durante siglos ocuparon la parte interna de la muralla. Esta combinación refuerza la idea de un pueblo donde la vida cotidiana, la defensa y la producción de vino convivían pared con pared.
La pasarela que recorre el tramo rehabilitado de la muralla inferior permite asomarse sobre la zona excavada y entender cómo se relacionaban las casas con la estructura rupestre. Allí, el visitante puede leer in situ las diferentes capas de uso: del castillo medieval a las viviendas bajomedievales, del abandono al relleno de escombros y, finalmente, a la recuperación actual que ha sacado a la luz el lagar sellado.
Enoturismo, necrópolis y paisaje entre viñedos
Más allá del castillo, San Vicente de la Sonsierra se ha consolidado como uno de los grandes destinos de enoturismo cultural de La Rioja. El municipio reúne un conjunto singular de dólmenes, necrópolis medievales y lagares rupestres, además de ermitas románicas como Santa María de la Piscina, en la pedanía de Peciña, donde junto a la iglesia se conserva también un pequeño conjunto de lagares excavados en roca.
Rutas señalizadas acercan al visitante a enclaves como la necrópolis de San Andrés, los lagares de Hornillos o diferentes conjuntos rupestres dispersos entre viñedos. Estos itinerarios permiten comprender la continuidad entre paisaje, muerte y vino: tumbas antropomorfas excavadas en el suelo, prensas rupestres junto a antiguas ermitas y miradores naturales sobre el valle del Ebro.
Ruta por la Sonsierra rupestre
Para quienes quieran profundizar en este patrimonio, los especialistas recomiendan combinar la visita al castillo y su lagar con una ruta por los alrededores. Algunas paradas posibles son:
- Ermita de Santa María de la Piscina: joya del románico rural, con necrópolis y lagares rupestres excavados en la roca.
- Conjunto arqueológico de San Andrés: gran necrópolis medieval con más de cuarenta tumbas y vistas sobre el paisaje vitivinícola.
- Lagares rupestres de Hornillos y Zabala: ejemplos representativos de prensas rupestres en plena viña, restauradas y señalizadas.
- Puente medieval sobre el Ebro: acceso tradicional a la villa y uno de los emblemas del municipio.
Los Picaos: una tradición única en España
A la dimensión arqueológica se suma una tradición religiosa que ha dado la vuelta al mundo: los Picaos de San Vicente de la Sonsierra. Esta penitencia, ligada a la Cofradía de la Santa Vera Cruz desde al menos el siglo XVI, consiste en la autoflagelación ritual de la espalda por parte de disciplinantes durante las procesiones de Semana Santa y en las cruces de mayo y septiembre.
El Ministerio de Industria, Turismo y Comercio declaró estas procesiones Fiesta de Interés Turístico Nacional en 2005, y actualmente el rito está reconocido como Bien de Interés Cultural de carácter inmaterial. Cada año atrae a miles de visitantes que, además de asistir a las procesiones, aprovechan para recorrer el castillo, los lagares rupestres y los viñedos que rodean la villa.
Consejos para planificar la visita
San Vicente de la Sonsierra cuenta con accesos directos desde la N-232 y se encuentra a unos 35 kilómetros de Logroño, 12 de Haro y 45 de Vitoria. La visita al castillo es libre durante el día y se realiza por cuenta propia, siguiendo los paneles y códigos QR instalados en el recinto.
| Dato práctico | Información básica |
|---|---|
| Tipo de visita al castillo | Acceso libre, recorrido autoguiado |
| Altitud del cerro | Aproximadamente 528 metros sobre el nivel del mar |
| Distancia aproximada a Haro | En torno a 10–12 km por carretera |
| Mejor época | Primavera y otoño, coincidiendo con los cambios de color de los viñedos |
| Atractivos clave | Castillo-fortaleza, lagar rupestre, puente medieval, lagares y necrópolis del entorno |
Para disfrutar al máximo del conjunto monumental, conviene reservar al menos medio día: tiempo suficiente para subir al castillo, recorrer la pasarela sobre la muralla, as









